domingo, 12 de octubre de 2014

El color blanco de la caja de plastidecor

Negro, rojo, verde, azul, naranja... Todos tenemos un color favorito. Nuestras preferencias al pintar se reflejan en lo gastados que están los colores. Pero siempre hay uno que está prácticamente intacto: el color blanco. Una rareza en un estuche, porque no sirve para nada. Podrá parecer "bonito", pero realmente nadie lo quiere.

Eso el color blanco lo sabe perfectamente, y se martiriza con ello. Aun así un día, de repente, aparece un niño diferente. El color blanco capta su esencia clara y sabe que puede que algún día lo coja. Tiene miedo de hacerse ilusiones, pero no pierde la esperanza. Y finalmente, pintan con él.

Puede que el niño sea diferente. ¿A quién le gusta el color blanco? ¿Qué vas a pintar con eso? Pero el color blanco se siente útil, normal. Un color como cualquier otro. Incluso durante un tiempo, se siente especial. Siente que el hecho de que sólo un niño aprecie su tono es precioso. Y con el tiempo, el niño lleva el color siempre en el bolsillo, preparado para hacerlo sentir único. Y el blanco, aguardando en la oscuridad, se siente el color más feliz del mundo.

Pero pasa el tiempo, y el color nota cosas. Nota que el aprecio que siente hacia el niño ya no es tan correspondido por éste. Y es normal. Lo raro sería que no se hubiera cansado de pintar con un color que ni siquiera se ve. De vez en cuando, lo deja con los demás colores.  Y el color se vuelve a sentir pequeñito porque, aunque ahora está gastado (cosa que significa que ha sido útil), ve a los otros colores más felices con sus dueños y a los dueños de estos felices con ellos. Blanco se siente solo y no correspondido.

Y es que los otros niños ya es imposible que se fijen en un color tan gastado y además teniendo colores más bonitos. Blanco, aun así, permanece en el estuche con la cabeza bien alta cuando todos le ignoran, ya que él sabe que es querido aunque sea un poco, y eso le basta.
El desgastado color se fija en su dueño cada vez que pasa, cruzando los dedos, esperando a que lo coja para pintar. Y cuando lo hace, se esfuerza en sacar el color más nítido que puede, demostrándole que sigue igual que el primer día; que es el mismo. Pero quizá es el niño el que ha cambiado. A veces, el niño pinta sin ganas mientras mira otros colores de reojo. A veces ni siquiera quiere pintar y prefiere salir a jugar.

Quizá el niño sólo ha estado con el color Blanco porque es lo más diferente que hay a un color, lo más insignificante. Y puede que sólo haya pintado con él porque a todos los niños les gusta pintar, y no quería ser menos. Y, aunque ya no le haga tanta ilusión, puede -y sólo puede- que algún día se llenara de felicidad al pintar con él.

Lo malo es que el color blanco se vuelve a sentir inútil, pero con una diferencia respecto al principio: necesita a ese niño que ya no cuenta con él. Necesita que lo coja y vuelva a pintar con ilusión, con fascinación; que le diga lo que aprecia su diferente y extraño color, que es lo que más le gusta de él; que pese a estar desgastado y no tan blanco y aunque pinte gris a veces sigue gustándole como es.
Y necesita que lo saque del estuche.
Que vuelva a llevarlo en el bolsillo a todas partes.
Que le saque punta y lo limpie y le haga pintar los dibujos más claros sobre la cartulina más negra que encuentre.




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